• Sheila Rojas

¿Qué tan buena es Cenicienta?: Desventajas de un rol pasivo y la sumisión


Hace un tiempo tomé un diplomado de cuentodrama en el que me di cuenta que en nuestra vida personal a veces tomamos roles similares a los de los personajes de los cuentos de hadas. La Cenicienta es uno de los que más me gustan y recuerdo, con el que en ocasiones me he identificado en algunas situaciones de mi vida. ¿Quién de nosotras no ha permitido el maltrato de alguien alguna vez, se ha quedado callada ante una injusticia hacia sí misma o ha terminado incluso por limpiar los pisos con su propia dignidad al mero estilo de esta mujer?, quizá por sentirse incapaz de enfrentarse a la poderosa madrastra o por sentirse sola y desprotegida sin ver una salida de ese enorme castillo.

El asunto es que… ¡la vida no es un cuento de hadas! No va a venir ningún príncipe ni el hada madrina a rescatarnos del hechizo de la bruja malvada (personas, temores, situaciones, sentimientos y emociones, etc.) y muchas veces nos quedamos esperando pasivamente en la fantasía de la espera de un remedio mágico o un conjuro con el que no tengamos que hacer nada y aun así, se solucionen las cosas.

El rol de la Cenicienta es muy peculiar; por un lado, existen en ella la bondad y la amabilidad que la caracterizan, pero también la inocencia y la ingenuidad que la hacen incapaz de poder oponerse a su agresora. Generalmente valoramos como una cualidad el “ser buena”, pero en realidad es que esto es muy relativo porque… ¿qué es ser bueno o malo? ¿Nos hace una mala persona decir que no estamos de acuerdo con algo o alguien, que lo que hace otra persona nos hace sentir de cierta forma o poder decir un “hasta aquí” al comportamiento de alguien cuando nos sentimos agredidos?

Lo “malo” en realidad es cuando se confunde la bondad con la pasividad y la sumisión que nada tiene que ver con lo anterior. La Cenicienta representa perfectamente el rol sumiso de la mujer, que por años ha sido el de “calladita te ves más bonita” o aquel en el que mostrar emociones fuertes como el enojo o la ira no le va bien por su imagen perpetua de “bondad”, tolerancia infinita, sensibilidad y sumisión. ¿Cuántas veces no has escuchado a tu abuela decir que “ese es el camino que te tocó por ser mujer” y que “aguantar” es tu destino aunque te maltraten?

Como ya te he dicho anteriormente, estas no son más que creencias limitantes, las mismas que nos impiden poder emitir sanamente un “no”, que nos impide hacerle saber a alguien cuando “se está pasando de lanza”, o simplemente expresar lo enojada que estás con alguien y escondernos detrás de la ya conocida frase “no me pasa nada”. Todo esto no te hace ser mala, te hace ser asertiva porque hay cosas que no tienes que tolerar porque a nadie le afectan más que a ti, pero pensamos erróneamente: “¿qué pensará de mí el otro?”, ¿cómo le va a hacer sentir esto que le diga” y, sobre todo, ¿voy a seguir siendo digno de su afecto?, ¿me va a seguir queriendo después de esto? Aquí es donde aparece la culpa, pues esto nos hace eternas esclavas de nuestra “bondad”, anteponiendo las necesidades y deseos de alguien más por encima de los propios por esa tarea de “tener que sacrificarte” por todo y todos. Te diré un secreto, la mayoría de las veces nadie te agradece esto y, muy por el contrario a lo que creemos, nos hace tan vulnerables que provoca que los demás aprovechen tu condición y se sientan con el poder sobre ti, creyendo que es tu obligación no negarte a nada de lo que ellos deseen. Pero entonces, una vez que analizamos el rol de Cenicienta en la vida real la pregunta es… ¿qué tan bueno es ser muy “buena”?, ¿qué tan buena resulta Cenicienta bajo esta óptica? ¿o que tan poco funcional la hacen sus características en un mundo que nada se parece al de los cuentos de hadas?

Por otra parte, la bondad siempre ha sido una característica en los protagonistas de los cuentos de hadas en los que al final, el “bien” siempre triunfa por encima del mal y en los que el abusivo villano siempre tiene su merecido, pero no en la vida real. Si fuera de este modo, TODOS los criminales estarían pagando las consecuencias de sus decisiones por el poder de la justicia y el amor, aunque en la realidad no es así.

Para evitar que termines siendo la Cenicienta en tu propio cuento de hadas, lo esencial es que empieces a reestructurar tus pensamientos irracionales sobre “el qué dirán” y trabajar con la culpa de haber roto el silencio de la eterna “bondad”. Haz la prueba y por una vez di lo que en verdad sientes respecto a esa situación que te tiene de cabeza y te causa conflicto, sea cual sea el resultado de esto, siendo consciente de que no todos están listos para escuchar cómo se sienten los demás por la incapacidad de ponerse en sus zapatos. Aun así, permítete sentirte incómoda con tu nueva yo y se compasiva contigo misma.

Recuerda que la madre Teresa de Calcuta ya existió y no es necesario que la encarnes, así como también decir que sí a todo no te hace más o menos digna de afecto, lo eres por el simple hecho de ser un ser humano y el que te diga lo contrario, no es digno de tu bondad, aléjate de él/ella. Así que deja de esparcir tu caridad por todas partes que no todos la valoran y la merecen y, por el contrario, hay villanos esperando toparse con Cenicientas como tú para encarcelarlas en su propio castillo, en donde ellas son las dueñas y señoras como en el cuento original. No seas presa de tus emociones y de la culpa, no busques ser la mujer más “buena” del planeta, sino la más asertiva y objetiva; la más inteligente emocionalmente. Aprender a decir lo que pensamos y sentimos sin herir al otro es el camino a la felicidad y la plenitud.

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