• Sheila Rojas

Del escenario al consultorio

La mayoría de nosotros estamos hasta cierto punto familiarizados con el teatro, pues ¿quién no ha ido a ver una obra alguna vez o experimentado u observado alguna breve representación de teatro callejero? Nos agrada ser testigos de situaciones ficticias o fantásticas que sólo pasan en los escenarios, escuchar historias y envolvernos en la magia de la dramatización para olvidarnos aunque sea por un momento de los dramas reales de la vida cotidiana. Sin embargo, creemos que su efecto es meramente estético y para fines de entretenimiento, dejando de lado la función pedagógica y hasta terapéutica que tiene el teatro en nuestras vidas.

¿Te imaginas cómo sería volver en el tiempo para arreglar activamente asuntos pendientes en cualquiera de nuestros ámbitos?, ¿te imaginas ser protagonista de tu propia historia y modificar a tu favor cualquier escena de tu vida para realizar cambios internos profundos?, ¿ensayar en la comodidad y seguridad de la ficción una escena proyectada a futuro para vencer las dificultades que representa esta situación? E incluso, ¿imaginas una forma sencilla de tocar las emociones de tus alumnos o empleados a favor del funcionamiento de un grupo en conflictos difíciles de gestionar? Todo esto y más lo puede hacer el psicodrama.

El psicodrama estudia la interacción entre los roles que desempeñamos en nuestras relaciones interpersonales, en todo tipo de contextos, para modificar los comportamientos patológicos que causan malestar y sufrimiento emocional, además de dinámicas poco favorables para un equipo de trabajo, una comunidad, un grupo de enseñanza, una familia o pareja.

Jacob L. Moreno, creador del psicodrama, creía fervientemente que todos somos seres espontáneos y potencialmente creativos, pero que hemos aprendido gracias a la sociedad a estereotipar nuestro comportamiento, acartonando nuestra capacidad de respuesta y limitando nuestra creatividad. Tan sólo con mirar detenidamente por unos pocos segundos a un niño podemos darnos cuenta de lo que ellos poseen que nosotros los adultos hemos perdido, pues bien dicen que los niños tienen una gran imaginación y la habilidad de seguir soñando de la que los adultos carecemos. Es increíble como el niño juega, crea, imagina, aprende, dice lo que siente y lo que pasa por su mente sin reservas porque es un ser espontáneo.

Un ejemplo muy simple de lo anterior es la educación, un ámbito muy criticado por el creador del psicodrama, ya que desaprobaba como el sistema educativo de su época, a principios de 1900, sólo enseñaba a acumular información, verbalizarla y utilizarla de manera repetitiva, casi automática; entonces, ¿te imaginas qué diría Moreno al darse cuenta que los procesos educativos actuales no han cambiado mucho después de más de un siglo? Seguramente volvía a morirse al ver que seguimos con los mismos métodos tradicionales de su época… Por ello, creó el método psicodramático como respuesta a esta crisis educativa, con el que planteaba el aprendizaje vivencial como una nueva herramienta de trabajo, es decir, a partir de la experiencia y no tanto de la verbalización, ya que consideraba que así era mucho más enriquecedor y exponencialmente más poderoso.

Por otra parte, se encuentra también la vida afectiva, misma que ha quedado totalmente delegada del ámbito educativo que está preferentemente enfocado en la intelectualización y que, como resultado crea individuos inteligentes capaces de analizar, pero incapaces de reconocer sus emociones, expresarlas y que de esto deriva también la relación que tiene con otros individuos; es por esto que las relaciones actualmente son tan complicadas y hasta caóticas. Por tanto, el psicodrama cree que la vida emocional interna e interpersonal va de la mano con nuestro desempeño desde otros roles en el ámbito laboral y profesional.

El problema es que se ha encontrado mucha resistencia en la aplicación de este paradigma, pues si bien el aprendizaje vivencial, aunque es más estimulante, también conlleva cierto grado de exposición al cual debido a la educación tradicional, no estamos acostumbrados; nos angustia exponernos, actuar, vivenciar, dramatizar y sentir…

En resumen, gran parte de los problemas interpersonales se dan debido a la incapacidad de flexibilizar los roles que jugamos y de actuar de forma más espontánea, lo cual nos lleva a reprimir lo que pensamos y deseamos en realidad, involucrándonos además en dinámicas poco favorables que se vuelven repetitivas. Es por eso que este método busca la recuperación de la espontaneidad del ser humano, en pro del desarrollo de la creatividad que nos permita ser individuos psicológicamente más sanos y capaces de funcionar adecuadamente al relacionarnos con otros.


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